Tommy Mierda volvía a estar hasta el cuello de ídem. Irrumpió precipitadamente en el pub sin dejar de mirar atrás y corrió entre la multitud abriéndose paso a codazos hasta el fondo del local, para encerrarse en el cuarto de aseo. Maldecía con voz temblorosa mientras se palpaba los bolsillos en busca de un cigarro.
— Mierda, mierda, mierda…— murmuraba desesperado. Sacó algo de su pantalón y lo miró con ojos desorbitados. No era su paquete de Lucky Strike, pero aquel teléfono móvil le iba a ser ahora más útil que la nicotina.
Tecleó con el pulgar y se pegó el aparato al oído. Un tono… dos tonos… Tommy Mierda contemplaba su demacrado reflejo en un espejo cubierto de mugre. La coleta se le había deshecho y tenía los cabellos pegados a la cara por el sudor. Tres tonos… Cuatro tonos…
— ¿Qué tripa se te ha roto ahora, Tommy? — contestó al fin una voz ronca al otro lado del teléfono. — ¡Son las dos de la puta madrugada!.
— ¡Bruce, amigo, me persigue ese puto cherokee loco!— Chilló Tommy como una rata.
— Mierda, estaba durmiendo. No tengo tiempo para tus paranoias de cocainómano… — contestó Bruce con desdén.
— Escucha tío, ese tipo va a volarme los putos sesos. Me lo crucé en la esquina y, ¡Comenzó a dispararme! ¡Está loco!- Explicó atropelladamente, mientras se desplomaba pared abajo hasta quedar sentado en el suelo, calándose el pantalón de orines.
— ¿Qué?— Contestó la voz ronca de Bruce por el altavoz. — Tommy Mierda, ¿Hace dos días que te sueltan del trullo y ya intentan matarte?— preguntó con sorna.
— ¡Hijo de puta, no se te ocurra reírte de mí!. — Amenazó rompiendo en lágrimas. — ¡Van a matarme, tío, tienes que sacarme de esta!.
— Ok, Tommy…— Las palabras sonaron despreocupadas, como si le importase una mierda lo que pasaba. — ¿A quién has enfadado?.