— ¿No crees en la magia?— Preguntó con voz firme la anciana. Observaba al muchacho con su único ojo sano bajo las sombras de una capucha.
El zagal no abrió la boca. Miraba las huesudas manos de la vieja con gesto inquieto. Sus nudosos dedos se confundían con la madera del cayado sobre el que se apoyaba.
Una carrasposa carcajada escapó a través de la sonrisa mellada de la anciana.
— Haces bien, muchacho.— la mujer se inclinó para mirar mejor al niño. Su decrépito rostro asomaba ahora bajo la capucha carmesí, luciendo un brillante ojo lechoso. El chico retrocedió un paso, vacilante.
— ¡La magia no existe! — concluyó rotunda la vieja, golpeando bruscamente el suelo con su bastón. -El verdadero poder está aquí.— susurró señalándose la cabeza con una uña retorcida, y se sentó en el viejo tocón dando un suspiro.
El muchacho apenas sabía qué pensar acerca de aquella vieja. Había oído los extravagantes rumores que iban de boca en boca por el pueblo acerca de ella. Era “la bruja de la Alameda”, decían, la que estropeaba la cosecha, la que enfermaba al ganado, la que hechizaba a jóvenes para luego devorarlos en su destartalada choza… pero él sólo veía a una anciana excéntrica y agotada. Aún así, la frágil anciana imponía un profundo temor en el corazón del muchacho… ¿o quizá eran los cuentos de viejas que había escuchado? El chico se sentó titubeante sobre la hierba, observándola con curiosidad.
— ¿Es que no vas a decir nada, mocoso?— preguntó la vieja. — Estos niños del diablo… irrumpen en tu propiedad y se quedan ahí, como pasmarotes…— se quejó la anciana mirando al sol ponerse tras las montañas, como si esperase verlo asentir dándole la razón.
— Tiene chepa, señora...— soltó el chico diciendo lo primero que pasaba por su inocente cabecita. Hubo un breve silencio.
— ¿Chepa?... — la vieja se giró hacia el muchacho con el ceño fruncido, pero su gesto agrió se tornó en una risotada. — ... no... no, hijo. Las décadas traen sabiduría, tanta sabiduría que una no la puede guardar toda en el coco... ¿Por qué crees que las tortugas tienen ese enorme caparazón?.
El zagal no abrió la boca. Miraba las huesudas manos de la vieja con gesto inquieto. Sus nudosos dedos se confundían con la madera del cayado sobre el que se apoyaba.
Una carrasposa carcajada escapó a través de la sonrisa mellada de la anciana.
— Haces bien, muchacho.— la mujer se inclinó para mirar mejor al niño. Su decrépito rostro asomaba ahora bajo la capucha carmesí, luciendo un brillante ojo lechoso. El chico retrocedió un paso, vacilante.
— ¡La magia no existe! — concluyó rotunda la vieja, golpeando bruscamente el suelo con su bastón. -El verdadero poder está aquí.— susurró señalándose la cabeza con una uña retorcida, y se sentó en el viejo tocón dando un suspiro.
El muchacho apenas sabía qué pensar acerca de aquella vieja. Había oído los extravagantes rumores que iban de boca en boca por el pueblo acerca de ella. Era “la bruja de la Alameda”, decían, la que estropeaba la cosecha, la que enfermaba al ganado, la que hechizaba a jóvenes para luego devorarlos en su destartalada choza… pero él sólo veía a una anciana excéntrica y agotada. Aún así, la frágil anciana imponía un profundo temor en el corazón del muchacho… ¿o quizá eran los cuentos de viejas que había escuchado? El chico se sentó titubeante sobre la hierba, observándola con curiosidad.
— ¿Es que no vas a decir nada, mocoso?— preguntó la vieja. — Estos niños del diablo… irrumpen en tu propiedad y se quedan ahí, como pasmarotes…— se quejó la anciana mirando al sol ponerse tras las montañas, como si esperase verlo asentir dándole la razón.
— Tiene chepa, señora...— soltó el chico diciendo lo primero que pasaba por su inocente cabecita. Hubo un breve silencio.
— ¿Chepa?... — la vieja se giró hacia el muchacho con el ceño fruncido, pero su gesto agrió se tornó en una risotada. — ... no... no, hijo. Las décadas traen sabiduría, tanta sabiduría que una no la puede guardar toda en el coco... ¿Por qué crees que las tortugas tienen ese enorme caparazón?.